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Fecha de Ingreso: sep 2005
Coche: Peugeot 307 SW (papi)
Ubicación: Jaen
Mensajes: 223
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os pongo esta historia aki ke me ha hecho mucha gracia
Estaba sentado el otro día delante de mi ordenador cuando me acordé de que tenía que llamar por teléfono a un compañero. Descolgué el auricular y marqué el número, de memoria. Me contestó un tipo con muy mal humor, diciendo: ¿Qué quiere? —Soy Ignacio Martínez. ¿Podría hablar con Luis Esparza, por favor? —Te has equivocado, gilipollas —me respondió, y, acto seguido, colgó. Como bien puede uno imaginarse, no daba crédito a lo que me estaba ocurriendo. Cogí entonces mi agenda, para buscar el número de mi compañero, y comprobé que, efectivamente, me había equivocado. Pero como aún recordaba el número erróneo que, sin querer, había marcado anteriormente, decidí volver a llamar a aquel tipo. Cuando cogió el teléfono, no esperé a que contestase y le dije: Eres un hijoputa, colgando inmediatamente. Acto seguido, apunté aquel número en mi agenda, junto a la palabra ‘Hijoputa’. Cada dos o tres semanas, cada vez que estaba cabreado (ya sea porque me llegaba una letra inesperada, un aviso de multa, discutía con mi mujer o por alguna situación del estilo), volvía a llamarlo, y sin dejarle contestar, le decía: Eres un hijoputa. Esto me servía, de algún modo, como terapia, y me dejaba mucho más relajado. Unos meses más tarde, la maldita Telefónica introdujo el Servicio de Identificación de Llamadas —todo un cotilleo jodido e indiscreto—, lo cual me deprimió un poco, porque tuve que dejar de llamar al hijoputa. De repente, un día se me ocurrió una idea genial: marqué su número de teléfono y, cuando escuché su voz, le dije: —Buenas tardes; le llamo del Departamento de Ventas de Telefónica, para >preguntarle si conoce nuestro Servicio de Identificación de Llamadas. —No —me dijo, y me colgó el teléfono el muy grosero. Rápidamente lo volví a llamar y le dije: —Eres un hijoputa. Un mes después, en el aparcamiento de Hipercor, esperaba yo con mi coche a que una anciana saliera con el suyo de un sitio maravilloso... Tardó en hacerlo toda una vida, y cuando terminó por fin la interminable maniobra y me disponía a ocupar la plaza que había dejado libre la viejecita, apareció un Golf GTI negro a toda velocidad y se metió en el hueco que iba yo a ocupar. Comencé a tocar el claxon y a gritar: ¡Eh, oiga! ¡Que estaba yo esperando! ¡No puede hacer eso! Pero el tipo del Golf se bajó, cerró el coche y se fue hacia el centro comercial ignorándome, ninguneándome, como si no me hubiera oído. Y ahí me quedé yo: con tres palmos de narices y completamente frustrado, como si me hubiesen violado. Y pensé: Este tío es un hijoputa. El mundo está lleno de ellos. Justo en ese momento de desesperación, vi un letrero en el cristal de atrás de su Golf GTI negro: “SE VENDE”, decía el cartel. Lógicamente, anoté el número y me fui a buscar otra plaza de aparcamiento. A los dos o tres días, vi en mi agenda el número del hijoputa y me acordé de que había anotado también el número de teléfono del tipo del GTI negro. Inmediatamente, lo llamé y le dije: —Buenos días. ¿Es usted el dueño del Golf GTI negro que se vende? —Sí, yo mismo —contestó orgulloso. —¿Podría decirme dónde puedo ver el coche? —pregunté con mucho interés. —Sí, por supuesto —me contestó muy amablemente—. Yo vivo en la calle de Don Ramón de la Cruz, esquina con la de Montesa: es un bloque amarillo, y el coche está aparcado justo enfrente. —¿Cómo se llama usted? —volví a preguntarle. —Enrique Juárez —me dijo. —¿Y qué hora sería la mejor para encontrarme con usted y discutir los detalles de la operación, señor Juárez? —seguí insistiendo. —Pues... suelo estar en casa por las noches —me contestó. —¿Puedo decirle algo, Enrique?... ¿No le importa que le llame Enrique, verdad...? —No, no. Dígame... —Enrique... eres un hijoputa de la hostia. Y colgué el teléfono. Después, en mi agenda, al lado del otro, puse el nombre de Hijoputa II y su teléfono. Ahora tenía dos hijoputas a los que llamar; y así estuve durante varios meses, llamando ahora a uno, ahora a otro, hasta que el juego comenzó a aburrirme un poco. Cierto día, me puse a pensar en serio acerca de cómo resolver este problemilla; y al cabo de un par de güisquis se me ocurrió algo, así que comencé llamando al Hijoputa I: —Dígame. —Hola, hijoputa... (Esta vez no colgué, y guardé silencio.) —¿Estás ahí todavía, verdad, cabrón? —Si, hijoputa. —Deja ya de llamarme o... —¡No me digas, hijoputa! —Si supiera quien eres, te rompería la boca —me dijo muy enfadado. —Me llamo Enrique Juárez; y si tienes cojones, vienes a buscarme. Vivo en la calle de Don Ramón de la Cruz, esquina a Montesa, en un bloque amarillo, justo en el portal donde hay aparcado un Golf GTI negro con el cartel de “SE VENDE”, so hijoputa. —¡Ahora mismo voy para allá! Tú sí que eres un hijoputa, y ya puedes ir rezando todo lo que sepas. ¡Te voy a matar a hostias! —¿Siií? ¡Qué miedo me das, hijoputa! Colgué el teléfono y llamé al Hijoputa II: —Sí, dígame... —Hola, hijoputa. (Y tampoco colgué.) —El día que te pille, mamón... —¿Qué me vas a hacer, hijoputa? —Te voy a rajar, cabronazo. —¿Sí? Pues a ver si es verdad, hijoputa. Ahora mismo voy hacia tu >casa. Colgué de nuevo e, inmediatamente, llamé a la Policía. Les dije que estaba en la calle de Don Ramón de la Cruz, esquina con Montesa, que era homosexual (gay, les dije gay) y que iba a matar a mi novio en cuanto llegara a casa, porque me la estaba pegando con un catedrático maricón de Cuarto de Teleco. Luego, hice otra llamada rápida a Madrid Directo y les dije que iba a tener lugar un ajuste de cuentas en la calle de Don Ramón de la Cruz, esquina a Montesa. Y, naturalmente, me monté en el coche y me fui para allá a toda pastilla. Es una experiencia que nunca olvidaré: la mayor pelea que he visto en toda mi vida; hasta los cámaras de Telemadrid se llevaron lo suyo... |
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